Olinda.


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Frustrados por no haber encontrado en Brasil los metales preciosos en la parte que les tocó del Tratado de Tordesillas, a los portugueses les quedó la alternativa del cultivo y producción de la caña de azúcar para hacer posible, económicamente, la colonización de las recién descubiertas tierras casi vírgenes.
Durante el período colonial, la mayor parte de las plantaciones de azúcar se concentró en el Noreste, donde se fundó, en 1535, en la capitanía de Pernambuco, la Villa de Olinda, escaparate de la riqueza acumulada por los señores del azúcar de las fincas vecinas.
Con su trazado irregular, sus edificios erigidos en lo alto de las colinas con vistas al verde mar y sus casas serpenteando en las cuestas, Olinda es un magnífico ejemplo del urbanismo informal, típico de la colonización portuguesa del Brasil. Su propio nombre se habría originado por la exclamación de Duarte Coelho, al referirse al magnífico paisaje del sitio que había escogido para la fundación de la villa.
La riqueza concentrada en el Noreste enseguida despertó la codicia de otros pueblos, especialmente de los holandeses que invadieron Pernambuco en 1630 y, ese mismo año, tomaron la Villa de Olinda. Pero la villa conquistada no merecía una defensa eficaz, según los patrones estratégicos de los holandeses, que pronto la abandonaron y incendiaron, prefiriendo quedarse en la vecina y pantanosa localidad de Recife, que rellenaron de tierra, como acostumbraban a hacer en su país natal, y desarrollaron la ciudad a un ritmo fascinante en menos de dos décadas.
Tras la expulsión de los holandeses, en 1654, Olinda fue reconstruida poco a poco - pues ya sufría la creciente competencia de Recife, que se afirmaba como importante centro comercial y que luego se convertiría en la capital administrativa de la capitanía.
Lo que Olinda perdió en edificios administrativos se vio compensado con creces con la construcción de los monumentales conjuntos formados por los conventos de las órdenes religiosas. Carmelitas, franciscanos, benedictinos y jesuitas ocuparon los altos de las suaves colinas, y produjeron y preservaron, principalmente en el interior de los conventos, las más apuradas formas de arte barroco de Brasil en el período colonial.
Olinda desistió en la competición con Recife y, así preservó sus características originales hasta el siglo XX, cuando pasó a considerarse una ciudad dormitorio. En 1937, cuando fue declarada oficialmente Ciudad Monumento, sus principales atributos eran todavía su singular localización, sus sobrados (casas de tipo colonial de dos o más pisos que se encuentran en los centros históricos de las ciudades) con fachadas estrechas y amplios jardines poblados de árboles y la alta calidad artística de algunos de sus edificios.
El reconocimiento internacional del valor artístico de Olinda data de 1982, cuando fue clasificada por la Unesco, Patrimonio Cultural de la Humanidad.
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